La Plata, Bs As.
Viernes, 23 agosto 2019
Revista Num. 845
El Gobierno no encuentra el rumbo. Mientras, en la Provincia y en los distritos comandados por el oficialismo buscan estrategias para zafar de la caída. Efectos del cambio en Ha...
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Revista SALVENSE QUIEN PUEDA

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11/08
ANALISIS
Razones de la victoria, razones de la derrota
Razones de la victoria, razones de la derrota

Por Hernán Sánchez

Generalmente, en los triunfos y en las derrotas se imponen dos condiciones asociadas entre sí; por un lado los méritos de los ganadores para imponerse y por el otro los errores de los derrotados. Y esta elección tiene mucho de ello. Es absolutamente concreto y cierto que el desastre económico del macrismo fue fundamental para torcer la balanza hacia el lado del kirchnerismo que, gracias a los desaciertos constantes del gobierno en materia económica, logró superar el rechazo hacia políticas que Alberto Fernández promete no repetir.

Pero creer que las dificultades de la macro y micro economía explican todo lo sucedido en las PASO de este domingo es un error, o al menos una minimización extrema de lo que pasó, sobre todo con el triunfo del Frente de Todos en la provincia de Buenos Aires, de enorme incidencia además en el resultado a nivel nacional. Un resultado que deja al PRO al borde de volver a ser un simple partido de distrito (la Ciudad de Buenos Aires) cuando hace tan sólo cuatro años se quedó con los tres Ejecutivos más importantes del país. Sin dudas, hubo aciertos y desaciertos políticos trascendentales.

Con una brillante movida, Cristina Fernández de Kirchner entronó rey de la partida a Alberto Fernández. Pero ella no salió del tablero, sino que se quedó como consorte del elegido. Es decir, dentro de la escena pero sin ser la figura principal. Como diría el gran Luis Landriscina, la maniobra “descolocó para siempre” al oficialismo. Mauricio Macri, Marcos Peña y Jaime Durán Barba nunca tuvieron plan B ante su absoluta convicción de que polarizarían a todo o nada con ella.

Alberto es parte del pasado pero no de todo el pasado. Más bien quedó asociado a los años buenos de Néstor. Cristina, además, salió a jugar poco, con toques precisos, y con ello evitó la centralidad que el Gobierno quería que tuviera. “Cuando empiece a hablar se entierra sola”, repetían en bandada en el entorno de Macri y de María Eugenia Vidal. Pero la expresidenta no abusó de su discurso, y se dedicó a hacer campaña montada en la presentación de su libro, que a esta altura tiene más escenarios que la despedida de Los Chalchaleros.

En el Gobierno confiaron que el peronismo tendría dificultades para encontrar un candidato a gobernador que le disputara el sillón de Dardo Rocha a la dirigente mejor posicionada en la opinión pública. Encuestas en mano, Cristina fue pragmática. Medía Axel Kicillof, le adosó la compañía de la intendenta del distrito más populoso y la fórmula se concretó sin que ninguno de los otros aspirantes se animara a chistar. Era mayo, y la expresidenta, contra todos los pronósticos, se anticipó.

Con el peronismo adentro de la red, el kirchnerismo tomó el convite de la polarización extrema que le propuso Cambiemos y en el golpe por golpe pegó dos veces seguidas de entrada. Faltaba una más y llegó tras el acuerdo con Sergio Massa. Otra vez el pragmatismo: comprar con cargos la franquicia del Frente Renovador siempre resultó más negocio que dejar abierta la posibilidad de una tercera vía que sin el tigrense se desangraría rápido, como finalmente sucedió.

Ese acierto del Frente de Todos coincide con otro desacierto político fenomenal de Cambiemos. Dejó transitar demasiado tiempo en el limbo de la avenida del medio a potenciales aliados que al final terminaron en la vereda de enfrente. Demoró el llamado, y cuando lo hizo debió ceder la candidatura de vicepresidente a un peronista algo devaluado que llegó más solo que Kung Fu.

Sin Cristina en busca de la corona, se buscó cargar contra los alfiles. “Kicillof es La Cámpora”, dijo Vidal, y lejos de perjudicar a su competidor le allanó el terreno para despegarse de la organización k que tiene un alto rechazo en vastos sectores de la clase media. ¿Dónde está La Cámpora para atacar por ahí?, se preguntaron en el Gobierno. Pero la organización juvenil kirchnerista quedó ampliamente extendida bajo el techo de las listas legislativas, esas que casi nadie mira y sobre las cuales es al divino botón gastar munición pesada.

Pese a las diferencias en la profesionalización de la campaña, y en los recursos que brinda la modernidad y siguen jugando a favor de Juntos por el Cambio, las movidas del Frente de Todos fueron audaces, obligando a alteraciones en la estrategia y el enfoque del oficialismo, desplazado de su zona de confort electoral. 

Con la economía en estado de ebullición permanente, el Gobierno quedó condenado a hablar de obras, pero tampoco le fue fácil. Durante todo el mandato la maquinita remarcadora del supermercado fue más rápido que las tuneladoras, el dólar corrió más fuerte que las asfaltadoras, y las tarifas de servicios llegaron desenfrenadas a todos los hogares mientras las cloacas alcanzaban a una minoría. Claro que es bueno el progreso, pero se aprecia cuando no hay dificultades para comprar la cena. 



Ya se ha señalado que la economía ha sido fundamental en esta elección aunque sería erróneo concentrar todo el análisis en ella. También se han marcado algunas de las falencias políticas cometidas por la troupe macrista; y en este sentido es fundamental repasar otros acontecimientos clave, principalmente por su no concreción. 

Podrá decir usted, estimado lector, que es contra fáctico suponer qué hubiese pasado si se tomaba tal o cual camino que al final se desestimó. O podrá decir que “con el diario del lunes” es fácil arribar a conclusiones resultadistas. Sin embargo, este medio y quien suscribe han apuntado varias veces como “una movida relevante” de Cambiemos la intención de adelantar las elecciones bonaerenses. 

Aquella maniobra que se pergeñó en oficinas de Capital Federal (no en la Rosada y no precisamente por dirigentes de la simpatía de Vidal), que rápidamente tomaron hombres muy cercanos a la Gobernadora, era vista por el peronismo como una “jugada que nos hace pedazos”. Por entonces (principios de año), e incluso después, nadie dudaba, de un lado y del otro de la grieta, que Vidal no tendría competidores en una contienda mano a mano, rayara quien rayara.

Con los legisladores de Sergio Massa todavía como aliados indiscutidos en el Parlamento provincial, Vidal contaba con el apoyo político para avanzar en el desdoblamiento y despegar su boleta de la de Macri. El argumento de que con un triunfo anticipado de la Gobernadora se iba a ayudar a la posterior reelección del Presidente nunca fue comprado por Marcos Peña, y por ende tampoco avalado por su jefe, quien jamás tuvo la intención de correrse. Esa tozudez de Macri por insistir en la reelección también le puso un muro al posible Plan V que tanto entusiasmó al círculo rojo.   

Macri en persona se encargó oportunamente de marcarle la cancha a dirigentes que insinuaron avanzar con un cambio en la figura que representaría al oficialismo en la boleta presidencial. Vidal tampoco apuró nada que fuera en contra de su jefe y, como siempre, acató lo que venía de la Casa Rosada, aunque en la Provincia desde hace tiempo se multiplican las voces críticas de los manejos políticos surgidos en Balcarce 50.

Cualquiera de las dos maniobras hubiesen permitido que el gobierno tomara la iniciativa, pero se durmió, sonó la campana y Cristina, casi antes de iniciarse el round, asestó las dos primeras piñas. El profesionalismo y la disciplina PRO no alcanzaron para corregir el destino del combate durante su transcurso y Juntos por el Cambio tocó la lona en el primer asalto. 

Se viene la segunda vuelta, y mientras los que quedaron parados se ilusionan con el knock out, el herido deberá corregir mucho su estrategia (para arreglar la gestión no queda tiempo), si quiere estirar la definición una ronda más. Para el oficialismo provincial la dificultad es mucho mayor, queda sólo un combate y va perdiendo por varios puntos.
 
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