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Con la llegada este domingo a Buenos Aires de la segunda y última avanzada del Vaticano, que recorrerá durante cuatro días los posibles lugares donde estará el papa León XIV entre el 8 y el 11 de noviembre, la definición del programa de actividades entró en la cuenta regresiva. La delegación evaluará las condiciones de seguridad y desplazamiento, privilegiando los encuentros masivos por sobre los sectoriales. Mientras las misas junto al Monumento de los Españoles en la Ciudad de Buenos Aires, en la fábrica militar de aviones en Córdoba y desde la basílica de Luján parecen confirmadas, todavía no está definido si el encuentro con los jóvenes será en el estadio de River o en la 9 de Julio.
El pontífice se reunirá apenas llegue con el presidente Javier Milei en la Casa de Gobierno y tendría una alocución ante representantes de la sociedad civil en el Palacio Libertad. También se prevén un encuentro con empresarios, sindicalistas y movimientos sociales en la UCA de Puerto Madero, una visita a la cárcel de Devoto y otra al cottolengo de Don Orione en Claypole, además de saludos a líderes de otras religiones en el Palacio San Martín. Se alojará en la Nunciatura Apostólica de Recoleta, la misma sede donde durmió Juan Pablo II en sus viajes de 1982 y 1987.
La delegación vaticana, que ya recorrió Perú y Uruguay, volverá a la Santa Sede para una evaluación final, y se espera que a mediados de septiembre se anuncie oficialmente el programa completo. En paralelo, el diputado libertario Santiago Santurio impulsa que León XIV hable ante la Asamblea Legislativa en el Congreso, aunque la iniciativa tiene pocas chances frente al esquema que privilegia el encuentro en el Palacio Libertad. Los movimientos populares, por su parte, piden una visita a un barrio popular o a un centro de cartoneros, pedido que tampoco parece que prosperará.
Detrás del armado protocolar, la Provincia de Buenos Aires tendrá una responsabilidad concreta sobre el terreno. El ministro de Gobierno bonaerense, Carlos Bianco, señaló que se espera una movilización de entre dos y tres millones de personas, un operativo que involucrará a las áreas de Seguridad, Salud, Gobierno y la Jefatura de Asesores, además de organismos encargados de disponer postas de hidratación y servicios para los peregrinos.
La magnitud del despliegue expone una paradoja política de fondo: Milei y el gobernador Axel Kicillof, enfrentados en casi todos los grandes debates de la agenda nacional, deberán coordinar durante esos días un operativo de dimensiones extraordinarias. La administración bonaerense asumirá el rol territorial imprescindible, mientras que el Gobierno nacional conservará la centralidad institucional de la visita.
Esa coordinación forzada abre además una disputa de sentido político. El oficialismo puede presentar cualquier llamado al diálogo o a la convivencia como un respaldo a la necesidad de superar la confrontación política. La oposición, en cambio, puede encontrar en un eventual mensaje sobre pobreza, trabajo, jubilados o justicia social argumentos para cuestionar el rumbo económico del Gobierno.
La propia Iglesia tampoco parece interesada en convertirse en un actor partidario. Su estrategia durante la gestión de Milei ha sido formular críticas sobre las consecuencias sociales de determinadas políticas sin asumir formalmente el papel de oposición política, una diferencia clave: los obispos pueden cuestionar el modelo económico sin constituirse en un espacio electoral opositor.
En ese sentido, la visita puede convertirse en una fotografía excepcional de la Argentina actual: un presidente y un gobernador enfrentados, obligados a coordinar un operativo conjunto para recibir a un papa cuya Iglesia mantiene diferencias profundas con parte de las políticas oficiales. Por lo pronto, todo indica que durante algunos días habrá una tregua. La verdadera disputa comenzará después: la pelea por interpretar qué quiso decir León XIV y a quién estuvo dirigido su mensaje.