Señales de humo
“Fue como una escena de película muda. Abierta quedó la ventana, me estremecí… viendo con la imaginación el lento penetrar de aquellos tenuísimos copos que llevados por las corrientes de aire, se colarían hasta las habitaciones interiores llevando la muerte consigo”.
Con exquisito poder alegórico, El Eternauta (la mítica historieta de Oesterheld y Solano López) describía una Buenos Aires cubierta por una nevada contaminante.
Varias décadas después, la reminiscencia es inevitable: producto de los incendios de pastizales en el Delta del Paraná, el humo afecta desde Zárate hasta La Plata e incluso llega a Uruguay (¿Qué dirá Botnia?).
Y ya sabemos que cuando algo de pasa a ¿Buenos? Aires, entonces prestamos atención a un desastre que pudo haberse detenido antes y haber evitado tantos accidentes en las intransitables rutas.
En medio de un consabido conflicto entre el Gobierno y el campo, no sólo no se logró apagar las centenas de focos, sino que se encendió un fuego cruzado de acusaciones.
Acusaciones que podrían ser una descarada demostración de cinismo si algunos focos de incendio fueron, como dicen, fruto de una acción deliberada y si la forma de enfrentar la catástrofe no ha sido pura incompetencia sino calculada desidia.
Mientras el humo viene, se va, y hacemos el ritual de la lluvia, el enemigo del hombre -a diferencia de El Eternauta- no es el extraterrestre sino el mismo hombre.
“¿Cuánto tiempo tiene un hombre que mirar hacia arriba antes de que pueda ver el cielo? ¿Cuántas muertes se aceptarán, hasta que sepa que ha muerto demasiada gente?”, decía el famoso himno de Bob Dylan.
La respuesta, mi amigo, está soplando en el viento. Para leerla, habrá que esperar que se disipe el humo.