La Tecla
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Su partida, tras una larga batalla contra el Parkinson que lo había alejado de los escenarios, cierra un capítulo fundamental de la cultura popular argentina. Pero también invita a repasar todo aquello que siempre rodeó su figura: las leyendas que se tejieron a su alrededor, los mitos que él mismo alimentó, su estética inconfundible, el hermetismo de su vida privada y los misterios que lo convirtieron en un ícono irrepetible.
Desde sus inicios en los sótanos contraculturales de los años 70, el Indio cultivó un aura enigmática. Un velo de misterio cubría sus primeros pasos: el joven hippie intelectual, de perfil bohemio y algo esotérico, que organizaba encuentros clandestinos con música, teatro y debates en plena dictadura militar. Junto a Skay Beilinson y la Negra Poli formó Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, una banda que construyó un camino completamente independiente, lejos de las discográficas tradicionales y de la televisión.
Los recitales ricoteros se transformaron rápidamente en rituales multitudinarios, casi religiosos, donde miles de personas coreaban letras cargadas de denuncia social, referencias políticas y críticas al poder. Frases como “Todo preso es político” trascendieron las canciones y se convirtieron en consignas de toda una generación. Ese compromiso social, visceral y coherente, definió gran parte de su obra.
El Indio se declaraba “artista peronista”, admirador de Eva Perón y defensor de la memoria, la justicia social y los derechos humanos. Sus letras hablaban de los marginados, de la violencia institucional, del consumismo y de la necesidad de resistir. Para sus seguidores, no era una pose: era una forma de entender el mundo desde el rock.
Sin embargo, también fue un hombre atravesado por el misterio. Su rechazo a la exposición mediática alimentó durante décadas innumerables mitos. Evitaba los programas de televisión, daba pocas entrevistas y protegía con celo extremo su intimidad. Vivió gran parte de su vida en Parque Leloir junto a su esposa, Virginia Mones Ruiz, con quien compartía su vida desde fines de los años 80, y su hijo Bruno, a quienes mantuvo siempre alejados de los flashes y de la exposición pública.
Recién en 2019, con la publicación de Recuerdos que mienten un poco, el libro escrito junto al periodista Marcelo Figueras, abrió parcialmente la puerta de su intimidad. Allí habló sobre la independencia artística, las derrotas sociales, las contradicciones del éxito y la necesidad de preservar la libertad creativa frente a las presiones del mercado. También dejó frases que alimentaron aún más su leyenda. “El que le chupa las medias al poder no puede ser un artista”, sostuvo con la ironía filosa que siempre lo caracterizó.
Su vestimenta también formaba parte del personaje. Los lentes oscuros, los gorros negros, las camperas bomber, las camisas de jean y los pantalones holgados construyeron una estética propia, austera y reconocible. Sobre el escenario no necesitaba grandes artificios: alcanzaba con su presencia y su voz para hipnotizar a multitudes. Esa imagen de obrero del rock, distante de cualquier glamour, reforzaba el mito de un artista que prefería mantenerse en las sombras para que hablara su obra.