¿Qué pensaban de la economía los revolucionarios americanos?
Del Real de a 8 a la deuda con la banca de Londres: cómo el desmembramiento del imperio español dejó a los nuevos estados americanos sin moneda propia, sin mercados y atados al endeudamiento externo desde su nacimiento.
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¿Cómo pensaban manejar la economía, una vez independizados? ¡¿Que nos pasó después?!¿Cuántas veces se devaluó nuestra moneda?
Por Patricio Lons
No sabemos si al venir de Londres, los militares que volvieron a América con precisas indicaciones, se habían planteado las preguntas concretas y correctas como para llevar a cabo con éxito tal empresa secesionista o si les habían advertido de las consecuencias económicas para Hispanoamérica.
¿Cómo pensaban los revolucionarios que iba a seguir la economía americana luego de la independencia? ¿Con que medios financieros se iban a respaldar el trabajo y el comercio local? ¿Con cuál moneda si la que teníamos, el Real de a 8 común a todos los hispanoamericanos y acuñada en el Alto Perú y en Nueva España, iba a desaparecer apenas las burguesías criollas de cada uno de los nuevos estados arreglasen sus asuntos comerciales por separado?
Recordemos que estas burguesías eran contrabandistas y ya habían vendido sus conciencias al comercio inglés. Esta moneda, era la primera divisa de reserva mundial, cuando España tenía el mundo financiero a sus pies. ¿En cuáles mercados actuaríamos si se perdía la unidad y con ella el mercado asiático y el de todo el imperio desde Filipinas hasta Sicilia? ¿Cómo pensaban evitar caer en manos inglesas si justamente su moneda, la libra esterlina, se iba a imponer sobre las nuevas monedas nacionales en todos los mercados asiáticos donde hasta ese momento predominaba la nuestra? Hasta el loro parlante del pirata Silver en la novela “La isla del tesoro” gritaba: ”piezas de a ocho, quiero piezas de a ocho”, en referencia a las monedas españolas. Las nuevas monedas americanas eran de papel y sin respaldo alguno. Hasta las independencias, nuestras economías regionales estaban articuladas. Un producto podía partir desde Carmen de Patagones, pasar por Buenos Aires y terminar en cualquier parte del imperio.
Las economías del actual norte argentino comerciaban con el Alto Perú, actual Bolivia y el Bajo Perú; algunos productos incluso, embarcaban en El Callao y se unían en Nueva España, actual México, al Galeón de Manila para llegar a Filipinas y exportar a China y a varias otras naciones asiáticas donde nuestra moneda era la más apreciada. El proyecto económico de varios estados separados era inviable. Nació con un final anunciado que se llamaba desastre.Todo era incoherente; desde las ideas del Plan de Operaciones de Moreno y la fisiocracia de Belgrano, hasta las confusiones de Bolívar que decía: “Yo lucho por la libertad de comercio inglés” y que protestaba porque España no le permitía tener esclavos
(curioso “libertador”), pasando por el endeudamiento con la banca de Londres provocada por los gobiernos republicanos de Chile, el Protectorado de San Martín en Perú y el empréstito con la BaringBrother´s realizado por Bernardino Rivadavia. Fueron endeudamientos calcados en sus estafas. Uruguay pudo pagar su parte del empréstito con la Baring, recién en el siglo XX. Recordemos que la presidencia de Rivadavia abarcaba también a la Banda Oriental. Sumemos el saqueo al tesoro del Río de la Plata en 1806 y en 1810, el robo de toda la plata amonedada del Potosí a manos de Pueyrredón y del tesoro del Perú cuando el almirante inglés Cochrane zarpara con el dinero peruano. En el Caribe, Bolívar saqueó el tesoro de la Audiencia de Santa Fé de Bogotá en 1819, luego de la batalla de Boyacá. Con todos esos saqueos, las nuevas monedas y los acuerdos con Inglaterra, el plato del endeudamiento estaba servido. Eran todas nociones vagas, absolutamente vacías de un proyecto de desarrollo que fuese sustentable en el tiempo.
Tomemos un ejemplo de lo acontecido en recursos humanos y económicos. La provincia de San Luis, gobernada por mano de hierro por el mayor Vicente Dupuy, nombrado por San Martín como teniente gobernador dependiente de la intendencia de Cuyo, le extrajo hasta la última gota de sangre y de productos como pólvora, cartucheras, uniformes, mulas, alimentos y todos los hombres para enviar a El Plumerillo en Mendoza donde San Martín creaba el “Ejército de los Andes”. Recordemos que Dupuy, actúa en los sucesos de Mayo de 1810 integrando el grupo morenista de Los Chisperos, una banda de matones que impidieron a cientos de vecinos participar del cabildo del 22 de mayo; eran dirigidos por sus amigos French y Berutti, participando luego en el Sitio de Montevideo a las órdenes del Gral. Rondeau, aquel general que reprimió, durante el “Motín de las trenzas”, a sangre y fuego a los heroicos Patricios que habían combatido en las invasiones inglesas. Su espíritu violento continuó en San Luis, se enroló a la fuerza a sus mejores hombres y a los escasos esclavos que había. Muchos de ellos fueron llevados engrillados para morir en una campaña de varios años que los alejó definitivamente de sus familias. Solo quedaron ancianos, mujeres, niños y enfermos.
Cuenta el historiador puntano Víctor Saá:
“Basta decir que terminada la campaña de la independencia en 1824, San Luis entra en un período de su vida histórica, que no es solo de postración y martirio, sino de manifiesta impotencia para enfrentar, como hubiere sido posible, las hordas ranquelinas. Había quedado sin soldados y sin armas. Estaba inerme, los indios la arrasaron con sus malones.” Recordemos de paso, que los mayores problemas con los indios comenzaron con las independencias, cuando los nuevos gobiernos revolucionarios, les quitaron las tierras comunales protegidas por el rey y llamadas: “repúblicas de indios”.
La gestión de Dupuy en San Luis, terminó con el asesinato de prisioneros de guerra, los soldados realistas capturados en Chile. No distinguió entre penisulares y americanos a la
hora de matar. El mismo Monteagudo, enviado de San Martín interrogó a los prisioneros antes de la matanza.
Nacimos endeudados con la banca londinense cuando jamás habíamos necesitado tomar deuda en otros países y con nuestra minería (base de la emisión de nuestra moneda soberana), ofrecida y entregada a Inglaterra por los libertadores y los nuevos gobiernos revolucionarios. ¡¡Se entregó el poder de la moneda!! ¡Perdimos la base de la soberanía política y la independencia económica! De ahí a la anarquía subsiguiente y a la injusticia social tan bien descripta por José Hernández en su poema “Martín Fierro”, hubo un solo paso que no se ha solucionado hasta ahora. Los resultados conseguidos demuestran que entendían poco y mal, el mapa de la economía mundial, ni siquiera su importancia geopolítica. No supieron leer los mapas del poder, del que teníamos y a manos de quién lo perdíamos.
Ya no existía el respaldo comercial del Galeón de Manila, ni el poder de la flota española, ni la fuerza que nos daba la unidad española en América; ya no estaba el prestigio mundial de la corona, ni el elemento unificador de la Iglesia, ni la fuerza de las universidades americanas antes basadas en Salamanca y Valladolid. Ahora teníamos que arreglarnos solos, desguarnecidos y separados. Las veinticinco universidades legadas por las Españas, la peninsular, las asiáticas y las americanas, ya no responderían más a un proyecto civilizador común, sino a los caprichosos dictados de las nuevas oligarquías criollas que no trajeron jamás prosperidad a los pueblos de América. Oligarquías tan volátiles en sus intereses, que generaron cientos de constituciones americanas, para no respetar ninguna.
Pero ahora sí existían veinte estados nuevos, que nacieron debilitados con feroces y desgastantes guerras civiles y que empezaron a ver a sus vecinos como a enemigos y no como a hermanos. Se acabaron los fondos “Situados” que sostenían a las regiones más pobres o que estaban en un proceso inicial de desarrollo. Ahora cada nuevo estado debía apañarse por si mismo. La economía peruana redujo su producto bruto de quince a un millón de pesos anuales. El empobrecimiento del Perú fue inmediato. Las guerras civiles americanas, no tardaron en comenzar. La misma guerra de la independencia fue poner a los pueblos a sufrir una sangrienta guerra civil hispanoamericana.
Y desde entonces somos pueblos empobrecidos con escasos horizontes.
Finalizaron así tres siglos de paz interna en el Nuevo Mundo. Tres siglos en que unidos, pudimos enfrentar decenas de ataques externos de Inglaterra, Francia, Holanda y Dinamarca y ponerle freno a las ambiciones expansionistas rusas en California. El violento espíritu de Lutero, la modernidad de Westfalia y el laicismo de la Bastilla, habían penetrado nuestras defensas. El frío del egoísmo acababa de recalar en nuestros puertos. Y luego se dibujó la historia. Nos pusimos de pié en la guerra de Malvinas y nos volvieron a aplastar.
Así será hasta que reencontremos nuestro destino de unidad hispánica, para enfrentar los desafíos globales del siglo XXI.
Desde entonces todo lo que tenemos, es fe y resistencia. Y no debemos, por nuestros hijos, retroceder ni un paso más.